Regreso a Azeroth

Taisa volvía hacia su casa en la ciudad de Ventormenta, dispuesta a prepararse para ir a las tierras de la peste, siguiendo las pistas sobre el paradero de la pequeña Rachel.

Era tarde, y casi todo el mundo dormía, pero el cielo estaba despejado, y aunque la luna no había aparecido, las estrellas daban la suficiente claridad, gracias a la cual pudo advertir que una figura aguardaba a la entrada de su casa, llevando una pesada armadura, se encontraba apoyada contra el quicio de la puerta. Aún en la distancia, se veía que no se encontraba muy bien.

Entonces la figura también se giró hacia la paladina, y al verla sonrió, y se dejo caer hasta sentarse con cuidado de no hacer demasiado ruido. Era su otra hermana, Indhara, y efectivamente, estaba herida. Le ayudó a levantarse y entraron en la casa, donde con algunos hechizos de sanación consiguió estabilizarla, suponía lo que había ocurrido, pero prefería que ella se lo contase.

– Bueno – comenzó Taisa cuando vio que su hermana ya se encontraba mejor – ¿Qué fue esta vez?

– Ya sabes… Me llamaron para ir a luchar contra esa apestosa Plaga, esta vez en Naxxramas .

Hace tiempo que Indhara se dedicaba a acompañar a grupos de aventureros en la lucha contra todo tipo de enemigos, como mercenaria. Ella aguantaba los golpes mientras el resto del grupo atacaba. A Taisa nunca le pareció demasiado bueno aquel estilo de vida, pero su hermana era lo suficientemente mayor como para decirle nada, ya que tan sólo empeoraría las cosas.

– Vine porque, bueno, después de tu última carta… Estaba algo preocupada por Rachel, yo tampoco tengo noticias de ella desde hace tiempo.

– Continuó diciendo Indhara, algo más seria. – Aún no sé que pudo pasarle, pero al menos ya sé por donde empezar… Pero tengo que intentarlo, ya lo sabes… nunca dejare de intentarlo… igual que a él… – Taisa luchaba por contener las lágrimas.

– Ya, Balthimor. – murmuró Indhara para sí misma.

– Ten mucho cuidado… por favor… si te ocurriese algo a ti también… no sé si podría soportarlo ya.

– Bah – dijo Indhara volviendo a su habitual sonrisa despreocupada – sabes que te será difícil librarte de mí. Siempre podrás contar conmigo. Esté donde esté.

Tras esto, la joven guerrera se levantó, ya mucho mejor. Al contrario que a su hermana mayor, nunca le gustaron las despedidas emotivas, así que enfundó su espada, recogió su escudo, y se marchó.

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